ADVIENTO TIEMPO DE ESPERANZA

 


No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo” (Is 43,18-19)

“La esperanza sólo se la merecen los que caminan”


Siempre es tiempo de esperanza. Siempre. Unas veces porque, según el profeta Isaías, algo nuevo, algo bello, algo bueno está surgiendo siempre a nuestro alrededor. Es Dios, y muchos seres humanos, quienes están haciendo algo bueno, nuevo y bello.

Necesitamos buscarlo, creyendo que es así ciertamente, y lo encontraremos. Andar con la cabeza vuelta hacia lo de antaño, hacia lo antiguo, solo sirve para darnos algún tropezón y no descubrir lo nuevo, bueno y bello que estaba ahí esperando que lo descubriéramos. Pero hay más. La esperanza la ha sembrado el Padre en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. La esperanza vive en nosotros porque el Padre nos la ha regalado, colocado en el corazón, y no nos la quitará.

Recordemos que nunca hay que responder a preguntas que nadie se hace, Los que estamos comprometidos en la acción pastoral no podemos equivocarnos de siglo.  No podamos dar respuestas de ayer a los problemas de mañana, la vida esta cambiando de una manera muy acelerada, lo que usaban antaño nuestros antecesores, preguntas y respuestas, hoy ya no sirven, son respuestas y preguntas del hombre de hoy y del mañana.

Si en la Iglesia no nos hacemos preguntas, nos estancamos o seguimos con la cabeza vuelta hacia atrás. Preguntas que le hacemos al Evangelio desde la realidad cambiante de la humanidad. Preguntas que hacemos desde el Evangelio a esa misma realidad.  Quien no pregunta, y repite lo de siempre, se ha estancado.

Siempre hemos dicho los cristianos de a pie, los teólogos, el Magisterio, a través de nuestros dos mil años de historia, que la Iglesia debe estar siempre en estado de reforma, “semper reformanda”. Y ya los Santos Padres nos dijeron osadamente que era, a la vez, santa y pecadora, “casta meretrix”. Para ser más santa y menos pecadora, necesita reformarse, convertirse. Conversión personal de cada cristiano en nuestra vida concreta para ser mejores transparencias y reflejos del Evangelio, de Jesús, en nuestra vocación y misión concretas dentro de la Iglesia. Conversión pastoral de toda la Iglesia y de sus organismos ministeriales, pastorales, institucionales.

Conversión pastoral que, entre otros aspectos, necesita creatividad según los signos de los tiempos y ante la realidad socio-eclesial que cambia continuamente. La vida humana y la vida cristiana son ‘historia viva’, no repetitiva, siempre adelante con aciertos y equivocaciones. Para nosotros, cristianos, es una historia viva iluminada por el Espíritu Santo, que camina hacia las bodas eternas con la Santa Trinidad.

Lo opuesto a la conversión es la ‘rutina pastoral’, el hacer siempre lo mismo, esperar a que vengan y repetir ‘perezosamente’ los medios que ya no sirven hoy. La rutina pastoral se impone cuando nos empeñamos en mantener los modelos heredados, buenos y creativos en otro tiempo, pero inoperativos hoy.

La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del -siempre se ha hecho así-. Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”. (Francisco, Evangelii gaudium, 33)

Para no equivocarse de siglo, hay que aceptar el tiempo que vivimos con sus sombras y luces y hacerse preguntas. ¿Cómo cambiar nuestra pastoral, como hacer nueva la misión de la Iglesia?  Conformarse a lo que hay es empezar a morir. Mientras uno es capaz de indignarse, de discrepar, de imaginar que otro mundo es posible y de luchar por él, la historia está viva. El conformismo es el principio del final, la consecuencia de la deconstrucción de todos los sueños utópicos… Es una verdadera ideología tóxica.  Ante la situación de la Iglesia (sus pecados, su vaciamiento de los templos, su insignificancia para muchos, su escasez de vocaciones consagradas y misioneras, su clericalismo, etc.); ante tanta guerra inhumana, nunca justificada; ante políticas y políticos que solo saben enfrentarse y ofenderse (tú, más y peor); ante tantos incendios por tantas causas naturales, unas, delictivas, otras y por tanto descuido (‘los incendios de verano se apagan en invierno’); ante tanta violencia de toda clase y en todo ambiente; ante violaciones y agresiones sexuales; ante… Lo fácil e inútil es quedarse en ‘esto es lo que hay’.

El conformismo es una expresión evidente del individualismo; se evade totalmente de la realidad de su entorno y del mundo y habita tranquilamente en la masa anónima que ni piensa ni lo intenta. No hay nada más negativo en una persona y en su misión social que el conformismo

No soy profeta. No sé cómo será la Iglesia del futuro. Sólo sé que no será la del conformismo ni la repetición de algo así como el siglo XIX. La queja del cristiano porque la fe se arrincona, se olvida, se ridiculiza… El mayor, el ‘viejo’, que declara que la juventud está perdida. El joven que ‘pasa’ del viejo pelmazo y lo olvida. El que dice que no se le reconocen sus valores. El que deja que crezca en él la tristeza, el pesimismo, la amargura porque solo tiene ojos para lo negativo.

  Y los que no se quejan de nada porque no se abren a la realidad que les rodea y están encerrados en su narcisismo egoísta. El que anda caliente mientras en el mundo, y a su alrededor, otros mueren de frío. Estos no se quejan porque no tienen ojos para ver más allá de sí mismos. En todo caso, se quejan porque no pueden divertirse más y por las consecuencias de tener que vivir en relación con los demás. Relación que pide un cierto límite a una libertad desbocada. La queja es el lenguaje del espíritu del mal, que nos lleva a lamentarnos, nos entristece y nos contagia de un espíritu de cortejo fúnebre.

El ‘espíritu de esperanza y alegría’, de la ‘no queja’, en definitiva y en fe cristiana “El Espíritu Santo nos lleva a amar el aquí y el ahora, en concreto, no un mundo ideal, ni una Iglesia ideal, ni una congregación religiosa ideal, sino la realidad, a la luz del sol, en la transparencia y la sencillez. No soy adivino. Solo creo saber una cosa: la Iglesia del futuro, de mañana mismo, no sé cómo será. Pero sí estoy seguro de que no será la que intenta volver al siglo XIX con sus vestiduras, sus ritos, sus ideas, su manierismo litúrgico, su moral, su miedo a la libertad, su legalismo, su burocracia… No tiene futuro, aunque tenga muchos defensores, incluso jóvenes. Solo puede terminar en una secta barroca cerrada a todo lo nuevo, menos a lo que me hace la vida ‘más moderna’. Buscar la seguridad en grupos sin ventilación ni apertura, no es el camino, es un callejón sin salida. Corre el riesgo de convertir a la comunidad en un gheto cerrado, sin afán misionero y con fecha de caducidad

Rafael Verger FdJ


Comentarios

  1. Son verdades como puños! lo malo es que siempre miramos atrás porque mirar hacia adelante de pavor, no sabes lo que te espera... pero tienes mucha razón
    Ricardo M.

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  2. Que vivimos en el recuerdo de aquél entonces y eso no nos permite disfrutar de los aspectos positivos de nuestro presente. Vivir anclados al pasado en múltiples ocasiones parece lo más natural del mundo, y en efecto en muchos momentos de nuestras vidas vivimos de ese modo y aceptamos encontrarnos así. Todo por no confiar en nuestra fe en Dios
    Por otro lado, cuando vivimos en el futuro vivimos con un estado de alerta constante, puesto que estamos anticipando hechos que, en la mayor parte de las ocasiones, no tenemos evidencias objetivas de que vayan a ocurrir. En estos casos es el pasado el que influye en la anticipación de estos hechos puesto que nuestro propio aprendizaje nos indica que algo malo puede venir después, y no porque sea malo, sino porque se nos escapa a nuestros planteamientos. El futuro va de la mano de la incertidumbre y saber llevarnos bien con ella nos permite aceptar el futuro como venga y no como nosotros prevemos que va a venir.
    Esta es para mi la gran diferencia porque el futuro es incierto y por eso da miedo. Pero si supiéramos que en ese futuro también está Dios que nos espera allí, veríamos las cosas de otro modo.
    P. Ignacio Montilla OFM

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