Cambios en la Iglesia


 

¿Nos hemos dado cuenta del fervor y el fuego de un recién converso, con el fuego acrisolado de un cristiano de muchos años?

 

Vivimos tiempos de cambio en la Iglesia. Quien más y quien menos, todos intuimos que estamos en el quicio entre un viejo sistema que muere y otro que está por nacer. Por supuesto, siempre habrá gente que se empecine en tapar el sol con un dedo y niegue lo evidente. Pero los datos están ahí, no solo en forma de estadísticas en declive, sino también como una nube que pesa en el ambiente y que, sin ser visible, está más que presente en el ánimo de todos.

 

En medio de todo esto, los sacerdotes no lo tienen nada fácil. Cada vez menos, con más trabajo y encima viviendo su ministerio en medio de una Iglesia que muchas veces parece más preocupada en gestionar el declive insistiendo en el mismo, que en llevar adelante la misión de Cristo sabiendo leer los signos de los tiempos y el Magisterio.

 

El duelo por la cristiandad ya muerta se manifiesta en forma de una parálisis que consigue que la gente deje de soñar y caminar en pos de nuevas metas, relamiéndose las heridas e intentando estar quietos para no alterar nada, no vaya a ser que moviéndose un poco resulte que el chaparrón que está cayendo se ponga aún peor.

 

 

 

Después de Pentecostés, los apóstoles no pudieron dejar de proclamar a los cuatro vientos lo que habían visto y oído. Y se dejaron la vida en ello. Caminaron en el Espíritu, fueron guiados por el Espíritu y estoy seguro de que siguieron disfrutando del Espíritu mientras se regocijaban como testigos del amor de Dios de incontables sanaciones y numerosísimas conversiones.

 

Y el secreto siempre fue que, para seguir bebiendo de esa agua que calmaba la sed y daba la vida eterna, había que afanarse en darla a los demás, para así vaciarse y poder volverse a llenar de nuevo.

 

La renovación, siempre empieza por el corazón de una persona llamada por Dios, que vive en anticipo lo que Dios quiere para todo su pueblo. Como en los tiempos de Moisés, la renovación erupciona del corazón del pastor cuando este conecta con el clamor del pueblo que grita liberación.

 

Es cuando el corazón del llamado por Dios se quiebra con lo que quiebra el corazón a Dios, que las cosas empiezan a cambiar porque nos duele más la falta de salvación de la gente que nuestro propio dolor. Y es entonces cuando se ven milagros, porque es la fe que mueve montañas la que se desata entre los hijos de Dios.

 

¿La renovación vendrá, pues, de los sacerdotes? ¿La conversión pastoral de las parroquias será obra de unos especialistas de la fe? ¿Qué papel tendrán los laicos y los religiosos en esta interacción?

 

Los milagros más grandes se ven allá donde confluyen el clamor del pueblo, el corazón del pastor y el designio de Dios a través de su palabra leída en su Iglesia.

 

Yo intuyo que la renovación vendrá de las comunidades de discípulos constituidas en familia de Dios. Y para eso hace falta tener a Dios por padre, a la Iglesia por madre y a los demás como hermanos. Y para eso hacen falta pastores y ovejas.

 

 

Es lo mismo que decía un gran maestro de la vida espiritual cuando explicaba que en el matrimonio: primero era la mística y luego venía la ascética. Es decir: primero el enamoramiento, y luego el amor probado en el tiempo que está llamado a la perseverancia.

 Y no al revés, pues nadie en su sano juicio se embarcaría en una aventura como el matrimonio empezando por un noviazgo de pasarlo mal y sufrimiento, en la esperanza de enamorarse algún día. 

 

Rafael Verger

Comentarios

  1. Aparentemente, uno va a cualquier grupo y todo sigue igual. Los modos, las expresiones, hasta la predicación, tienen ese sabor tan propio que con los años ya se ha vuelto poso y en algunos grupos, hasta aburrido. Con toda su pobreza y luminosidad, si esto sigue igual… vamos decayendo cada día más.
    La gracia barata es «la predicación del perdón sin requerir arrepentimiento, el bautismo sin la disciplina de la iglesia, la Comunión sin la confesión, la absolución sin la confesión personal. La gracia barata es la gracia sin discipulado, la gracia sin la cruz, la gracia sin Jesucristo, vivo y encarnado».
    Tienes razón Rafael, pero los primeros en renovarse y escuchar a los laicos son los mismos ministros, vivimos en una iglesia aburguesada y cómoda, lo que propones es un espíritu nuevo, ir a las fuentes, un cambio radical, sino siempre será más de lo mismo
    P. Rubén García OCD

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